Hoy vengo con ganas de contaros un cuento…

Uno que nos han contado desde bien pequeñitas y que, aunque mucho más indetectable e invisible, nos da la misma guerra cuando vamos creciendo que las perfectísimas Blancanieves o Cenicienta.

El cuento en cuestión me vino tras escuchar el otro día a una de mis clientas. “Lo de la mujer liberada…era una broma, ¿no?” me dijo al entrar en la consulta recién llegada de su trabajo (que adora), esta treintañera que, además tiene una niña pequeña, su pareja, un padre al que cuidar y una vida social-cultural que no quiere dejar de lado.

¿Me permitís contároslo?

Allá voy.

“Érase una vez una mujer moderna, de la vida de hoy, del mundo de hoy. En concreto de esta pequeña porción del mundo llamada “occidente”. Una ciudadana de una ciudad cualquiera, con una vida normal (¿normal? ¿qué es la normalidad? Ay, disculpadme, eso es para otro post).

Como decía: una mujer de hoy, que nos representa con diferentes intensidades a todas, cuyo diálogo interno repetía lo siguiente, día tras día, sin tregua, como un implacable ruido de fondo al que una llega a acostumbrarse sin, por ello, dejar de sufrirlo:

“Tengo que acabar este informe, tengo que pasarme por casa de Lucía a devolverle ese libro, debería ir al dentista este mes, tengo que adelgazar un poco (a ver si me apunto ya al gimnasio), pero también debería apuntarme a yoga para relajarme y estirar, tengo que encontrar ya pareja o voy a ser “la rara” , debo ir a ver a mi abuela, tengo que llamar a Pablo para felicitarle, tendría que mirar la fecha de caducidad del ticket regalo del apartamento rural que se me va a caducar, debería ordenar los armarios y sacar la ropa de invierno, tengo que ir sin falta a la pelu, debo trabajar más rápido para llegar a recoger a la niña, tendría que ir a esta conferencia para reecontrarme con fulanita y menganita, tengo que mirar vuelos para ir a ver a pepita a Madrid, etc, etc, etc, etc, etc.”

Y llegó el día que esta mujer se vio de golpe abrumada por tantos “Tengo que”, tantos “debo”, tantos “debería”. De repente, toma conciencia de su cuerpo y de sus sentires. De golpe se ve obligada a ello, porque el cuerpo le ha gritado ¡basta! con una ciática, con un dolor de estómago o de espalda, con una tristeza inmensa.

El cuerpo es, finalmente, el encargado de ponerle freno porque, en esta sociedad, lo ideal es que las mujeres no paremos. Que nunca paremos de hacer, de producir, de reproducir.

Y, de repente, esta mujer se siente débil, sin energía. Agotada. Quizá triste. O frustrada (¡nunca llegas! – le subraya, impecable, su diálogo interno). Se siente insegura. Observa, como una mera espectadora, cómo sus emociones fluctúan aleatoriamente, un día arriba, un día abajo. Se compara con las otras, con los otros. Y, sobre todo, siente que la culpa es suya. Por no ser más eficiente, más guapa, más diligente, más rápida, más sociable, más trabajadora, mejor madre, amiga, pareja, hija, colega. Por no ser otra, otra donde no se reconoce.

Y esa culpa y ese agotamiento impactan en su autoestima de una manera invisible, indetectable, pero implacable.

Colorín, colorado, este cuento se ha acabado. Sin perdices, ni besos, ni historias…

¡Pero no!… no se ha acabado de verdad. ¡Ahora es cuando comienza la verdadera historia! Aquella en la que nos hacemos fuertes y nos empoderamos. Y ahora sí le vamos a poner nombre a este cuento. Vamos a hablar de la autoexigencia y las mujeres, ya que ésta se da particularmente y de manera específica en nosotras.

Mujer: ¡produce, reproduce o muere!

Echemos un vistazo a nuestra sociedad, sus lógicas de funcionamiento.

Vivimos en la sociedad de la rapidez, de la inmediatez, de la productividad, de la apariencia, una sociedad de principios neoliberales y patriarcales donde somos construidas como mujeres entre la tradición y modernidad/posmodernidad. Una sociedad que da una importancia clave a la imagen. Y no una imagen cualquiera: la imagen de “triunfadora” del siglo XXI -consumidora, eternamente joven, feliz y realizada, sexualmente “liberada” pero sin renunciar a estar felizmente emparejada, con una ajetreada vida social y cultural, madre ejemplar y trabajadora de éxito- . No se aceptan o se reprimen otros ritmos, otras experiencias, otras maneras de ser, de estar en el mundo, de vivir, que no encajen en ese modelo exigente e inalcanzable.

es difícil ser ciudadana en el país de la belleza

Tampoco se aceptan, de cara a la galería, la tristeza, ni el dolor, ni el cansancio, ni las contradicciones, ni las dudas. Esta sociedad, además, nos asigna papeles muy concretos a mujeres y hombres: sigue manteniendo la división sexual y nos dice cómo tenemos que ser, que actuar, que sentir. Cuáles han de ser nuestros gustos, nuestros trabajos, nuestras aficiones, nuestras prioridades. Qué tiene valor y qué no lo tiene. Cómo ha de ser nuestro deseo, nuestras maternidades, nuestra sexualidad. Esta sociedad nos exige un imposible.

¿Cómo nos sentimos a menudo las mujeres en esta sociedad?

  • Las mujeres convivimos con altos niveles de autoexigencia. Se espera mucho de nosotras, tanto en el ámbito personal como en el laboral. Además, solemos cargar con la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidados, no valorado ni asalariado. Pregúntate cuántas veces al día, en tu diálogo interno, aparecen los agotadores “tengo que”, “debo” o “debería”.
  • La frustración y la culpabilidad llegan a menudo. Volvamos al diálogo interno: ¿Cuántas veces nos decimos a nosotras mismas “no llego”, “no lo estoy haciendo tan bien como debería”, “no me da tiempo a todo”, “estoy gorda”, “no estoy guapa”, “no soy buena madre”, “no rindo lo suficiente en el trabajo”, “no dedico suficiente tiempo a mi vida social”, etc.
  • Sentimos numerosas contradicciones. Entre la mujer contemporánea que somos (quiero viajar, tomar mis propias decisiones, ascender en mi profesión, experimentar, quiero libertad, quiero hacer locuras) y las mujeres tradicionales que llevamos dentro (me da seguridad tener una pareja estable, me cuesta delegar con los cuidados, la maternidad me interpela, etc.)
  • Todo esto nos lleva a sentirnos a menudo desorientadas y sin el control de nuestra propia vida. Pero… ¿acaso no es comprensible, cuando en el centro de nuestras vidas, no estamos nosotras mismas? ¿Cuando tenemos nuestras miradas puestas fuera de nosotras, en cuidar a otrxs, en garantizar la estabilidad familiar, en ser la columna de apoyo de nuestros seres cercanos, en obtener aprobación externa para nuestras decisiones y modus vivendi?

Algunas pautas para ponernos en el centro de nuestras vidas

En mi trabajo, tanto en las sesiones individuales como en los talleres, me encuentro muchísima autoexigencia como base de malestares que mayoritariamente sufrimos las mujeres. ¡Cuántas veces que me llegan mujeres estupendas con una autoexigencia encima que casi las tiene anuladas! Envueltas en dudas, con una autoestima preocupantemente baja y agotamiento físico y psicológico.

La buena noticia es que… ¡de eso se sale! Apostando por nuestra autenticidad, por bajar el ritmo, por tomar conciencia de todas estas exigencias y mirarnos bien dentro para priorizar y elegir la vida cotidiana que queremos llevar.

Os comparto mi experiencia y enfoque particular:

1. El trabajo con la autoexigencia desde una perspectiva social es clave:

La sociedad y momento histórico que vivimos nos exige a las mujeres perfección en todos los ámbitos, demostrar que valemos, que somos capaces, ¡y con nivelón!. Se trata ésta de una violencia estructural -caracterizada por no ser impuesta de forma violenta- que recibimos a través de la educación (adoctrinamiento) de género.

Tal es así, que acabamos nosotras mismas por interiorizar esa autoexigencia e imponernos esa perfección, por fantasear con la ilusión de llegar a todo, de no perdernos nada, de ser perfectas y cumplir todas las expectivas. Pero eso no existe, sólo nos lleva al agotamiento y frustración; y a tener la mirada puesta fuera de nosotras, en las expectativas del otro o de los otros.

Por lo tanto, un trabajo desde una perspectiva social es clave, que nos permita situarnos en lo que esta sociedad espera de una mujer… para liberarnos de ello (por cierto, ¿y cómo se supone que es una mujer?? ay, disculpadme de nuevo, eso sería para otro post, ¡y larguito!)

2. En segundo lugar, hemos de mirarnos dentro y ponernos en primer lugar, en el centro.

Ver cuáles son nuestros valores, prioridades, dónde queremos enfocar nuestra energía. Y aprender a NEGOCIAR. Eso es clave. A delegar, a procurarnos lo que necesitamos, a pedir ayuda, a dejar de cargarnos con todo. Esa negociación es clave con las amistades, lxs colegas de trabajo, con la familia, con la pareja, pero SOBRE TODO, y repito el sobre todo, con nosotras mismas.

Es muy importante que las mujeres nos sintamos legitimadas para decir NO LLEGO y no es mi responsabilidad hacer todo. Elegir cómo quiero que sea mi modelo de maternidad, mi modelo laboral, cómo quiero que sea mi vida. Para deshacernos de culpas y de modelos impuestos.

Chicas, tenedlo claro: a las mujeres siempre se nos va a criticar lo que hagamos, así que… ¿qué mejor que hacer lo que elijamos y decidamos?

el poder de elegir, el poder de cambiar

Porque, como dice muy sabiamente la escritora francesa Virginie Despentes en su libro imprescindible “Teoría King kong”:

“El ideal de la mujer blanca, seductora pero no puta, bien casada pero no la sombra, que trabaja pero sin demasiado éxito para no aplastar a su hombre, delgada pero no obsesionada por la alimentación, que parece indefinidamente joven pero sin dejarse desfigurar por la cirugía estética, madre realizada pero no desbordada por los pañales y las tareas del colegio, buena ama de casa pero no sirvienta, cultivada pero menos que un hombre, esta mujer blanca feliz que nos ponen delante de los ojos, esa a la que deberíamos hacer el esfuerzo de parecernos, nunca me la he encontrado en ninguna parte.

Es posible incluso que no exista”