¿Tú? Eres independiente. Ante todo.

Claro, son muchos años vendiéndote que estabas a la par de tus compañeros.

Ya en el instituto jugabas con ellos al fútbol, salías los fines de semana con ellos. Más tarde, compartisteis clase en la Formación profesional o en la universidad. Se te había abierto –sin saberlo- la caja de Pandora, al serte otorgado el derecho de ser lo que quisieras. El derecho de realizarte a través de tu trabajo, de dar forma, a través de él, a tus sueños, a tu pasión.

Y, ¡oh!, la libertad sexual, también a tu alcance. Con algún “¡será fresca!” entre dientes (o a la cara), no íbamos a evolucionar tan rápido. Pero, sí: como a los chicos, se te permitió curiosear, experimentar, descubrir tu sexualidad. Te mostraron un mundo neutro, igualitario, con diferencias pero sin desigualdades. Por ello, te enseñaron también que ser madre hoy es una opción. Cero presión, tú eliges.

Se te dijo: Viaja, disfruta, experimenta, conoce. Eres una mujer de final del siglo XX que vive con pasión los comienzos de ese prometedor siglo XXI. El siglo de las mujeres. ¡El mundo es, por fin, también tuyo!

Todo eso te dijeron. Sin embargo, él te mira con esos ojos… y te derrite. Se te va toda la independencia al carajo. Te dice, con un poema de Cortázar, que te ama; y eso acaba compensando que limpies, ordenes y organices la casa mayoritariamente tú, que acabes yendo más con sus amigos. ¡Qué rabia te da! Pero piensas: “me aporta tanto a nivel intelectual, de compañía, de imagen, de…”, y las costumbres acaban haciéndose leyes.

Eso sí, a veces sientes que necesitas escapar de ese cuento de hadas que dice que “en el amor verdadero se sufre y se cede”. Deseas experimentar la libertad tal y como te la prometieron, y recuerdas esas imágenes de Thelma y Louise en la carretera.

soltar

Quieres volar, pero la idea de la familia feliz al estilo Ikea, también te hace sonreir. Esa familia que ya no luce corbata y chaqueta de punto, sino quizá vaqueros y algún tattoo, pero que conserva, envasados al vacío, los mismos valores sexistas. Así que haces malabarismos para tolerar la frustración.

Resulta que nadie te advirtió que, en esa foto de familia feliz, no encajas tú con 35 años renunciando al trabajo que tanto esfuerzo te ha costado lograr. En tu foto particular un bebé no cabe ni con calzador y, si se le hace caber, es a costa de horas de sueño y de renuncias.

Resulta que nadie te contó -aunque te lo pueden contar las estadísticas- que, si tienes ese bebé, pasará a ser tu responsabilidad. Que tu pareja, en el mejor de los casos, te “ayudará”. Que tu jefe asumirá que tu prioridad ya no es tu trabajo y el ascenso pasará a manos de otro. En todo caso, te argumentarán, se te dijo que eras libre para elegir si ser madre o no. Sin embargo, se eludió mencionar las diez veces por semana que se te preguntará –en especial a partir de los 30- “¿para cuándo un nietecito, o un primito, o un sobrinito?”.

Nadie te advirtió que ser joven no es para siempre y que, con la primera arruga, en esta sociedad, como mujer, pierdes valor. Y que eso impacta en tu autoestima. Tampoco se te dijo nada sobre esa culpabilidad, que sientes tan tuya, por “no llegar a todo”, por sentir que no lo das todo en el trabajo, no pasar suficientes horas con tus hijos, por no dedicarle más atención a tu pareja, por no seguir siendo una loca adolescente que se come la vida a bocados, porque tus tetas no sigan desafiando la ley de la gravedad.

Por supuesto, tampoco se mencionó la autoexigencia que se genera en ti para compensar esa culpabilidad: “he de ir más rápido, he de llegar”, persiguiendo una utopía digna de una supermujer, lo que esta sociedad, voilà, te invita a ser.

Nos vendieron la historia de la superwoman con poderes mágicos, la que todo lo cura, la que todo lo hace, la que todo lo arregla; la que trabaja incansable y es la más eficiente, porque “las chicas valéis mucho más, tenéis la cabeza mejor amueblada”.

La superwoman que, tras una jornada de infarto, llega a casa con el rímel perfecto y las uñas impecables. Sonríe a los niños, hace las tareas y prepara un sano y ecológico puré de verduras. La superwoman que tiene, esperándole en la cama, ese hombre guapo, divertido, sexy y agradable que le hace el amor hasta que su capacidad multiorgásmica no da para más. Y que, antes de apagar la luz de la mesilla de noche, toma su Iphone para ponerse al día con sus redes sociales.

Queridas, os presento a la superwoman, esa que recoge en su cuerpo la expresión más elocuente de la alianza entre el capitalismo salvaje imperante (rapidez, productividad, proyección de una imagen idealizada, orientación mercantilista) y el patriarcado más recalcitrante (reproducción de los roles y estereotipos vinculados a la feminidad tradicional).

Sincretismo de género, lo llama la antropóloga feminista Marcela Lagarde. La contradicción, en las mujeres de hoy, entre la interiorización y el ansia de la modernidad en la que hemos nacido, y el peso de la tradición que aún se mantiene en nosotras. Y tranquila: no, no eres la única que siente estas contradicciones.

La clave, para mí, está en aquello permanece inmóvil tanto en nuestra parte moderna como en la tradicional: las mujeres seguimos siendo esos seres para los otros y haciéndolo todo por amor, seguimos teniendo nuestra mirada puesta fuera de nosotras. Seguimos poniendo nuestra autoestima en manos de los otros, del otro.

Y además, resulta que en ese “ser para los otros”, en esta superwoman que nos invitan a ser, no caben las dudas, ni los miedos, ni el mentar tan siquiera que la regla este mes me está matando o que no me da la vida entre los críos y el trabajo, no vaya a ser que se me catalogue como más incapaz. Y como no caben las dudas ni los miedos, sigo con mi novio que no me aporta nada salvo una imagen correcta en la cena de navidad de la empresa. Y le complazco en el sexo aunque a mí no me acabe de cuadrar, no vaya a ser que me deje por otra más eficiente también. Y si soy lesbiana, pues no sé muy bien dónde meterme y cómo encajar en este cubo de rubik de la feminidad politically correct. Y si soy madre y un día no aguanto más a mi criatura, me siento infinitamente culpable por ser tan mala madre y sentirme así y no con un amor que todo lo puede y todo lo aguanta.

Y yo creo que basta ya de tanta carga y de tanto “tengo que” y de tanta expectativa puesta en nosotras. Tenemos que reinventar la feminidad. Y nadie lo va a hacer por nosotras.

QUIERO SER COMO SOYNadie dijo que fuera fácil ser libre. Tomar tus propias decisiones. Enfrentarte al discurso mainstreaming. Pero pasar de una feminidad enlatada, castradora y para nada representativa de todas las mujeres a un concepto de feminidades diversas, libres, elegidas, MERECE LA PENA. De eso estoy segura. Merece la pena elegir ser una misma, más allá de tópicos y obligaciones sociales impuestas.

Por eso, en este 25 de noviembre, Día internacional contra las violencias hacia las mujeres, apuesto por reivindicar el volver la mirada hacia nosotras mismas. Esto es crucial para identificar todos los rasgos de la feminidad tradicional que aún nos limitan, que nos agotan, que nos generan carga y sufrimiento.

Apuesto por parar, por tomar conciencia de todas aquellas dinámicas de la modernidad que también nos sacan la sangre, tanto a hombres como a mujeres: el consumismo feroz, la rapidez, la inmediatez, el individualismo.  Apuesto por reconocernos en esas contradicciones que sentimos dentro, y por permitirnos no ser perfectas. No hemos de serlo.

Es clave para nosotras juntarnos, hablar, compartir nuestros malestares, generar estrategias de resiliencia, apender de las experiencias de las otras. Comenzar un proceso de empoderamiento, en primera instancia personal pero que tiene eco, sin duda, a nivel asociativo y colectivo. Y en él preguntarnos: yo, ¿qué tipo de vida quiero? ¿cuáles son mis valores? ¿qué es, para mi, irrenunciable? ¿Dónde y de qué maneras estoy renunciando a mí? ¿En qué estoy limitada, en qué no estoy siendo libre? ¿Qué tiene sentido para mí?

La mujeres necesitamos crearnos espacios de libertad, que sin duda esta sociedad todavía no nos ofrece. Necesitamos cambiar nuestro paradigma interno, sentir que ponernos nosotras como centro de nuestras vidas no es egoísta, sino sano. Hemos de soltar, soltar, soltar… tantas cargas, obligaciones y “tengos que” cuyo fin último tiene su valía fuera de nosotras.

Por ello, es un primer paso irrenunciable mirarnos hacia dentro, ponernos por delante, porque sin cuidarnos y reconocernos entre nosotras no hay ciudadanía posible para la mujeres. Y dar pasos conjuntos hacia la construcción y naturalización de unas feminidades diversas, libres de estereotipos, conscientes; desde una conciencia social, pero también desde nuestra esencia, nuestros valores, desde aquello que nosotras, empoderadas, fuertes, seguras, elijamos.

SIMONE DE BEAUVOIR.