Últimamente, en sesiones, he escuchado varias veces de la boca de mis clientas esta frase: “Me da miedo quedarme sola”.  La misma frase que he escuchado a lo largo de mi vida de la boca de amigas, conocidas, familiares, de heroínas y protagonistas de libros, de actrices de películas y series.

Ayer mismo la escuché por última vez. Me lo dijo Uxue (nombre ficticio), una mujer en la treintena con quien que compartimos un proceso de coaching desde hace unos 4 meses. Lo masculló mirándome a los ojos y temblándole las manos.

Uxue es de ese tipo de personas que traen con ellas un halo de luz. Una mujer con una personalidad arrolladora, amable, con ideas, creativa a tope, inquieta, curiosa. Pero ayer sólo hizo falta que la abrazara al entrar y le preguntara por su semana para que se viniera abajo, echándose a llorar encogida.

Cuando le propuse que nuestra última y potente sesión me sirviera para escribir un post que pudiera ser útil a otras mujeres, accedió encantada. Así que en primer lugar, quiero agradecerle a ella su generosidad.

“¿Dónde quedé yo?  ¿Por qué dejé de hacer todo lo que disfrutaba?”

Comenzamos un proceso de coaching con Uxue a raíz de su ruptura de pareja. Tras darle muchas vueltas, decidió dejar hace unos meses a su novio de muchos años. No fue fácil: expectativas truncadas, dolor, desgaste emocional, casa compartida, amigas y amigos comunes. Muchos años, en sus propias palabras, dedicados a él, a hacerle feliz, a complacerle. Poniendo ella las energías y el sueldo (él no tuvo trabajo los últimos años) y discutiendo con frecuencia porque, al volver de trabajar, ninguna de las tareas del hogar estaba hecha, a pesar de que él no trabajaba fuera de casa.

Muchos años donde ella siente haber desaparecido.  “¿Dónde quedé yo?” – se preguntaba al principio- “¿Por qué dejé de hacer todo lo que disfrutaba? ¿Por qué, inmediatamente, mi actitud fue estar disponible para él, orientada a recibir su aprobación?”

En varios meses, Uxue ha recorrido un camino admirable. Para ella es un logro y un orgullo haber sido capaz de dejar esa relación que la empequeñecía, que la limitaba.

Cuidándanos para cuidarUxue se ha dado el tiempo para escucharse y cuidarse. Para parar. Ha dejado de exigirse una perfección que no existe, para dar paso a una mayor aceptación de ella misma, de su historia vital y de aquello que le hace vibrar. Ha sido valiente, dando pasos al frente, ha dejado su trabajo para comenzar a construir como autónoma el proyecto que deseaba. Está dando rienda suelta a su creatividad, esa que relegó al ostracismo durante años y que vuelve a florecer llenándola de energía.

Pero este fin de semana se enteró de que su ex está con otra persona. Y algo muy profundo y muy oscuro volvió a salir de dentro. Algo tan fuerte que le ha tambaleado la autoestima, que le ha anulado la creatividad.

 

Y me dice, llorando: “Tengo miedo, tengo pánico de estar sola. Estoy harta de luchar”

Y yo le digo que es normal, total y absolutamente normal, que tenga ese miedo. Es más, pongo énfasis en resaltar que no es algo que ella sienta en exclusiva, algo fruto de su individualidad. No es algo derivado de que ella sea “una flojita”, o más ingenua, o más tonta, o más débil (¿y qué, si lo fuera? ¿Qué es ser débil, me pregunto?). Ese miedo que tenemos internalizado, tan eficaz como forma de sumisión y autocontrol, es algo que muchas mujeres sentimos o hemos sentido alguna vez (o muchas veces). Y no es gratuito ni caído del cielo.

No lo han machacado por activa y por pasiva. Quedarnos “solas” equivale, en el lenguaje que nos han enseñado y repetido hasta el tuétano, a no tener un hombre al lado. Y eso, según se nos ha dicho siempre, es lo peor que nos puede pasar.

Trampas lingüísticas que nos quieren hacer pequeñitas

Hola, ¿estáis solas? – me han preguntado docenas de veces estando con una amiga, o con varias, tomando algo. No, no estamos solas. Estamos juntas. Pero estar sin un hombre al lado, eso equivale a estar “solas”.

Se nos ha enseñado que ninguna otra compañía o alternativa vital puede compensar la ausencia de un hombre a nuestro lado, ausencia que nos aboca sin remedio a la soledad. Ojo, que no hablo de una soledad elegida, nutritiva y fértil. Me refiero a una soledad marginal e incuestionable, que cae como una losa. Casi como un estigma.

Una soledad entendida como abandono, como no aceptación, como fracaso absoluto ante la comparación fantasiosa con la situación de otras mujeres, que suponemos felices y plenas, que sí han sido elegidas por un hombre. Soledad que se erige como pena capital, tras un sonoro rechazo en nuestro intento de llegar a un nivel merecedor de que un hombre esté a nuestro lado.

Si no estás emparejada –con un hombre, aclaro-, estás sola, solita, sola. Punto.

Et voilà: ejemplo perfecto de lo que denominaríamos una creencia limitadora aprendida, en este caso una que se nos inculca las mujeres desde que nacemos a través de los medios de comunicación de masas, las películas, en ocasiones de la familia; también de los chistes y el humor popular.

Desde la PNL (Programación Neuro- Lingüística), que trabaja las generalizaciones como una de las trampas del lenguaje que alimentan las creencias limitadoras, hablaríamos de que nos encontramos ante lo que llamamos una equivalencia compleja: una trampa lingüística donde dos situaciones dispares se interpretan como si fueran idénticas. Como las siguientes:

[Situación 1] Si no estás emparejada con un hombre, [Situación 2] estás sola, no mereces la pena, no eres lo suficientemente buena, serás una infeliz… (etc, etc…)

Trampas lingüísticas que no son inocuas: recordad, pensamiento y lenguaje van estrechamente agarrados de la mano y, aquello que expresamos, lo creamos, lo generamos en nuestra experiencia vital. Se convierte en realidad.

Humor como arma de construcción masiva

Pues, aunque no os lo creáis, acabamos riéndonos como locas en la sesión. Humor como arma de destrucción masiva de creencias limitadoras y construcción de nuevos paradigmas más liberadores. Comenzamos a tirar del hilo… ¿qué es todo eso que tiene asociado el no tener un hombre al lado? ¡Tachán! ¡Que comiencen a salir los monstruitos!

Una mujer que no tiene un hombre al lado…

… es una solterona, algo raro tendrá

… es fea

… o tiene mal carácter

… ¡pobrecita!

… no hay quien le aguante

… debe de ser una mandona

… no quiere tener sexo

… ¡o será que le gusta tener demasiado!

… ¿o con demasiada gente?

… da pena

… no debe de saber cuidar a un hombre

… nunca ser realizará como persona ni como mujer

… ¡no podrá tener hijxs!

… ¿o será que no puede tenerlos y que por eso ninguno la quiere?

… no sabe cómo ligar

… es patética

¿Os suena haber escuchado todas estas asociaciones miles de veces? ¿No es para echarse a reír (por no llorar)? Habiendo además obviado, claro, que una mujer sin un hombre al lado puede haber elegido voluntariamente esa situación, por las razones que sean.

¿Cómo podríamos pretender que, habiendo escuchado todo  esto por activa y por pasiva desde que no levantamos ni un palmo del suelo, no vayamos a creérnoslo?

Volvamos a analizar la simple y efectiva fórmula.

Mujer que no tiene un hombre al lado = Mujer que está sola

¡Nunca una asociación tan sencilla tuvo un impacto psicológico tan negativo y limitador!

 Construyendo la autoestima desde un lenguaje empoderador

Pues yo digo que ya es hora de que empecemos a deconstruir el lenguaje en el que se fraguan muchos de nuestros sufrimientos, miedos, limitaciones. Es hora de desentrañar todo ese universo simbólico donde una mujer sin un hombre al lado es una fracasada.

Desde el coaching trabajamos sustituyendo, a nivel profundo, las creencias limitadoras por creencias posibilitadoras.  Éstas nos permiten avanzar, ampliar nuestra visión del mundo, conectar con nuestra parte más creativa, reducir el sufrimiento y alcanzar mayor bienestar.

Allá vamos.

No tener a un novio, marido, compañero, rollo o ligue al lado no es sinónimo de estar sola. Tenerlo no significa necesariamente estar acompañada.

coaching para mujeres

NO ESTAMOS SOLAS: la vida es amplia y rica en posibilidades. Tenemos amigas, amigos, madres, padres, hermanas, primas, colegas de trabajo, libros, música, compañeras de activismo, paisajes, poesía, personas que aparecen en tu vida de manera inesperada y que son como un rayo de sol.

PODEMOS ASPIRAR A UNA VIDA PLENA: Tenemos conciertos, pinturas, instrumentos musicales, playas desiertas, profesoras inspiradoras, paseos junto al mar, deporte y baile. Tenemos esa maravillosa soledad elegida, nuestro espacio propio, nuestros ambientes íntimos donde escucharnos y simplemente ser.

CONTAMOS CON COMPAÑÍAS QUE NO TIENEN PRECIO: Tenemos tías, sobrinos, hijas e hijos, películas, vinos compartidos con un amigo, paseos en la naturaleza, confidencias dichas entre risas al oído de alguien, atardeceres, amigas que hace siglos que no ves y, de repente, te envían una postal.

No estamos solas. NOS TENEMOS A NOSOTRAS MISMAS. Con nuestras grandezas y pequeñeces, con nuestras vulnerabilidades, nuestros aprendizajes, potencialidades, miedos y corajes. Con nuestra capacidad de aprender, de descubrir, de volar lejos con la imaginación y con el cuerpo. Con nuestra vida.

¡Tenemos TANTO por experimentar, por vivir, por aprender, por escuchar, por expresar, por cuestionar, por sentir, por disfrutar!

Nuestra valía no está puesta en lo que nadie opine de nosotras, es intrínseca a nosotras mismas. Nadie puede determinar la valía de otro ser humano. Somos valiosas, valiosos, por el simple hecho de haber nacido, por estar aquí. Merecemos la pena. La merecemos de verdad.

Y si algún día estamos flojitas, o vuelven los demonios, o nos pasa algo, siempre estará Nina Simone, sabia, para recordárnoslo:

No tengo casa, ni zapatos. Ni dinero, ni estilo… No tengo hombre…No tengo madre, ni cultura…No tengo amigos, ni escuela, no tengo amor, ni nombre…No tengo Dios.

Pero tengo mi pelo, mi cabeza, mi cerebro y mis orejas, mi boca y mi sonrisa, mi cuello y mis tetas, mi corazón y mi alma…Mi espalda y mi sexo, mis brazos y mis manos, mis dedos y mis piernas… Tengo mi vida y la voy a mantener, tengo mi libertad, tengo mi vida y nadie me la va a quitar”

 

baile

 

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